jueves, 29 de noviembre de 2012
1 Mi loca Agenda
domingo, 18 de noviembre de 2012
0 Gracias digo
jueves, 15 de noviembre de 2012
domingo, 4 de noviembre de 2012
2 Mi obra favorita para piano
viernes, 31 de agosto de 2012
domingo, 8 de julio de 2012
martes, 3 de julio de 2012
2 Muchas gracias Avenalocos y amigos
domingo, 1 de julio de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
0 Estamos locos
lunes, 18 de junio de 2012
martes, 22 de mayo de 2012
3 ¡Helo aquí!
lunes, 21 de mayo de 2012
sábado, 19 de mayo de 2012
jueves, 17 de mayo de 2012
0 Nota informativa
lunes, 30 de abril de 2012
6 Mi primer libro de cuentos
lunes, 16 de abril de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
1 Ha muerto Miguel de Francisco
Ha muerto Miguel de Francisco. Muchos le conocisteis, muchos me habéis oído hablar de él. Había creado un heterónimo genial: Peabody. Miguel era valiente en sus escritos, en su vida, pintaba, escribía, le gustaba vivir. También era un amante de la solitude, al principio por vicio, al final por necesidad. Publicó conmigo algunos poemas en aquella antología llamada 23 poetas y un DNI y sacó la plaquette La perversión de Peabody Con un grupo estupendo de ex alumnos había fundado hace poco una revista generosa: Poetas ConVersos. Quizá recordéis este poema.
Sagrada Hembra
Hoy morderé tu rodilla, la más ejercitada a lo largo del día en genuflexiones y golpes de violencia genital. Y gustaré su sabor de hembra severa y religiosa, junto a la tira de cuero de tus sandalias, los aromas de tu sexo y los ungüentos y perfumes propios de su cometido.
Pues así te adoro, irremediable bestia mía, con tu expresión grave, tu delicadeza y tu estruendosa exigencia de respeto. Con la fidelidad de la piedra a la columna, con alcancías repletas de dracmas y táleros, dólares y maravedíes; toda la plata que a lo largo de los tiempos se ha entregado a cambio del amor.
Así es como te amo. Con el sabor incandescente de placeres que tú tan bien conoces: tu orina, como una miel tierna y fluida, y lo afilado de tus dientes; la sangre rezumante de mi cuello recogida en el pecho como un triunfo, como laurel de una lengua irreprochable.
Por eso te buscaré a la salida de la iglesia. Sé que adoras a un dios que no condena tu sagrada habilidad, y que, hecho carne, descenderá algún día para hundirte un cuchillo entre las vértebras y deleitarte con un nuevo acorde de guitarra.
Y es lo que pasa con la gente solitaria. Se mueren en los hospitales y nadie nos lo comunica. Aunque en su móvil tengan nuestro teléfono. Aunque sepan que de vez en cuando ibas a visitarles. Fue Marisol a verle el sábado 24 de marzo. El 28 murió. Nos enteramos ayer, sencillamente porque después de mucho insistir una recepcionista nos ha desvelado el secreto. No éramos familia. Por no sé qué ley o argucia o pretexto sólo un familiar directo podía revelarnos su muerte. Mierda. Tenía 62 años. Mierda. Fue mi alumno. Es un gran poeta. Era mi amigo.
domingo, 11 de marzo de 2012
2 Pingüinos
Pingüinos
Mi mujer no se cree que yo no sea un pingüino. Se limita a mirarme con sorna, se encoge de hombros y sigue a lo suyo.
- Pues ya me dirás qué eres –me dice.
- Soy una persona –le digo. – Una persona como Dios manda.
- No metas a Dios en esto, que no tiene nada que ver. A ti lo que te pasa es que te has aburrido de mí y no sabes cómo decirlo. Anda, acércate al fiordo de la esquina y trae algo de pescado.
Yo me acuerdo de cuando era marinero y pescábamos el bacalao en los mares del norte. Un día, mientras miraba un montón de pingüinos, el barco se hundió cerca de las rocas de la costa y yo, que tengo la desgracia de saber nadar, me salvé. En el puerto ya me lo advirtió el práctico.
- Mala cosa es esa, rapaz. Mejor es irse al fondo enseguida, se ahorra uno muchos sufrimientos.
Nada más llegar a la playa tenía un frío enorme, tanto que pensé que sería mejor volverme, pero el instinto es muy traidor e igual me ponía otra vez a patalear. Yo no quería ser pingüino pero hacía un frío del carajo. Así que a fuerza de imitarlos con pasitos cortos, encogiéndome y dándome palmaditas en los muslos logré, poco a poco, introducirme en la manada.
- A ver qué pescado traes.
- Pues el que había, mujer.
- Mira que esta noche vienen a cenar tus primos.
- Esos se comen lo que sea.
- En eso vas llevar razón. Anda trae.
El grupo de pingüinos que me acogió cuando naufragué me adoptó desde el primer momento, se arremolinaron junto a mí y me dieron mucho calor y mucho gusto. Allí, con ellos, aprendí pronto el idioma y las costumbres, que en el fondo son sencillas, y se parecen mucho a las nuestras y a poco ya me consideraban como uno más. O casi.
- Este no es de los nuestros – dijo un día uno que siempre andaba dando vueltas a ver lo que se cocía. – Se ha pegado plumas al cuerpo con grasa, nunca se mete en el agua y tiene el pico mal desarrollado.
- Bueno – respondió el de más edad – pero cuando se pone de pie es tres veces más alto que cualquiera. Además, infunde mucho respeto entre los leones marinos y otras alimañas.
- Además – añadió uno que era muy joven y que se dejaba mucho frotar conmigo – igual si sigues con esas te van a caer tres hostias como tres soles.
El que siempre andaba dando vueltas a ver qué se cocía dijo que no había que ponerse así por una diferencia de criterio, y que si nos íbamos a liar a bofetadas por esa minucia que mejor apaga y vámonos. Se sacó un arenque de debajo del ala y nos invitó, pero no le hicimos caso.
Desde entonces nadie volvió a dudar de mi, y cuando nos atacaba un oso o intentaba acercarse un león marino, yo me limitaba a ponerme de pie y a gritar y a hacer muchos aspavientos con las alas. Tendríais que ver el susto que se pegaba el oso, o el león, y cómo frenaba en seco y reculaba. Entonces recordaba algunas de las palabras que me enseñó mi abuelo, que era muy asturiano, y gritando las repetía: ¡Vaques, Ribadesella, Probe, Gamoneo, Frixón! Y el león, o el oso, se daba la vuelta y no volvía más. Fueron tiempos de mucha armonía.
Lo malo es que ahora me ha dado por recordar lo del barco, lo de mi abuelo y lo de que soy persona. Y entonces me separo del grupo y me pongo muy triste a mirar al mar desde las rocas y los acantilados, sin importarme que venga una orca y me devore, porque las orcas no se asustan de nada, ni aunque saltes a la pata coja o les grites en francés.
- Te lo juro que soy una persona – le digo a mi mujer.
- Vamos a dejarlo, que no quiero que me des la noche – me contesta.
- Si yo no quiero darte ningún disgusto, sólo es que...
- Mira esos pingüinitos –me interrumpe señalando hacia la nieve.- ¡Ahora me vas a decir que no son tuyos! ¡Desgraciado! – Y se pone a llorar.
Y a mí me da también una tristeza enorme y le doy un abrazo grande y le digo, mirando a las rocas, lo de siempre, que ya se me irá pasando.
@Jesús Urceloy / 2012






















